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La obsesión por la estética: perspectiva psicológica

Obsesión estética: perspectiva psicológica

Érase una vez una princesa que quería ser más delgada, de pómulos prominentes y cintura de avispa, pero su hada madrina estaba demasiado liada y jamás apareció para concederle sus deseos. Y entonces la princesa descubrió que podría comprarse una nariz con la misma facilidad que un coche, y se lanzó a cambiar todo aquello que no le gustaba de su anatomía. Sin embargo, las cirugías se acumulaban, las inseguridades no desaparecían y la búsqueda de la perfección había derivado en lo que llamamos obsesión por los retoques estéticos.

¿Qué factores facilitan esta obsesión?

Vivimos en una época en la que el culto hacia el cuerpo está al orden del día y cualquier discrepancia entre nuestro aspecto físico y los canones de belleza puede derivar en frustración y descontento con lo que se tiene. Salir a la calle sin maquillar se ha consolidado como una muestra de valor casi impensable, pero incluso los cosméticos más caros no siempre permiten alcanzar la imagen añorada. Y es entonces cuando el buscador tenaz de la perfección puede decidir dejarse en manos del cirujano plástico.

Una decisión que no tiene por qué ser inoportuna o peligrosa, siempre y cuando se elija un buen profesional y se siguen sus recomendaciones y advertencias. Sin embargo, incluso cuando se cuidan esos aspectos, existe el peligro de no quedar totalmente satisfecho con el resultado o descubrir que este no aporta todos los beneficios que se esperaban. La mejora en la imagen física normalmente se relaciona con consecuencias positivas como ampliar el círculo social, ser más popular o simplemente sentirse mejor con uno mismo.

El éxito laboral parece ser otra razón de peso para decidirse a pasar por el quirófano. De este modo la mejora en el aspecto físico se asocia a una mayor facilidad para encontrar trabajo o conseguir un ascenso laboral, y es concebido como una inversión en el futuro. Así, la cirugía plástica se convierte en un instrumento que permite aumentar la calidad de vida percibida, no solo por la mejora en el autoconcepto que puede implicar, sino también por las oportunidades laborales que parece atraer.

No obstante, es posible que después de una o dos intervenciones estéticas, la persona no perciba un cambio significante en su vida. En ocasiones el amor sigue resistiéndose, las amistades siguen siendo las mismas y las dudas sobre el atractivo físico persisten. Parece que eliminar el defecto en cuestión no ha sido suficiente y la atención se centra en otro desperfecto, y en otro, y en otro más… Hasta entrar en una dinámica donde se pierde la cuenta de los retoques realizados y el consejo médico deja de importar.

Intervenciones estéticas y patologías

Sobra decir que detrás de la decisión de operarse está la falta de seguridad en uno mismo y suelen ser el déficit de autoestima, los síntomas de ansiedad, la tristeza y/o la vergüenza mal manejados los que motivan la decisión de ¨reinventarse¨. En algunas de las personas que pasan por el quirófano se observa, además, la presencia de algún trastorno de personalidad o del trastorno dismórfico corporal. En este último caso, la parte del cuerpo que se convierte en motivo de la intervención produce una preocupación significativa y exagerada.

También es frecuente que la gente se someta a intervenciones estéticas, buscando un nuevo comienzo, y después de haber sufrido algún trauma o suceso estresante. En estos casos lo recomendable es esperar un tiempo prudente para procesar el acontecimiento y superarlo, ya sea con o sin ayuda psicológica. La excesiva necesidad de control y el perfeccionismo son otros factores que pueden estar presentes y precisar la intervención del psicólogo. Y no hay que olvidarse de que la obsesión por un aspecto físico impecable esconde riesgos potenciales, como el de anorexia.

Obsesión por la estética | Psicología

Por último, nos gustaría añadir que el presente artículo sobre la obsesión por los retoques estéticos no tiene por objetivo menospreciar la labor del cirujano. Al contrario, el trabajo que se realiza con personas con malformaciones o que han sufrido daños físicos importantes, a consecuencia de una mastectomía, por ejemplo, nos parece digno de admirar. Lo que sí consideramos alarmante es el abuso por parte de determinadas usuarios de los servicios que ofrecen esos profesionales. La felicidad comienza desde el interior y no se consigue a golpe de bisturí.